El Mar Caribe que vieron los mayas en la antigua Zamá

La Casa del Dios del Viento al fondo vigila la pequeña cala de las tortugas en Tulum

El trayecto por la carretera federal 307 desde Bacalar hasta Tulum es muy cómodo. Se trata de un recorrido de unos 212 kilómetros que transcurren en un amplio tramo paralelos a la laguna de Bacalar y la Reserva de la Biosfera de Sian Ka´an. Es una vía bastante tranquila aunque de un solo carril enmarcada a ambos lados por selva baja. Al menos en la época en la que visitamos esa zona no había demasiado tráfico. En cualquier caso, en ese tramo no hay tanta afluencia turística.

Carretera federal 307 que enlaza Bacalar con Tulum

Es más, al igual que ocurrió en otras carreteras de la península por las que circulamos, incluso había veces en las que estábamos prácticamente solos durante kilómetros, solamente rodeados de selva. Otra cosa es transitar por esa misma carretera, que ya se convierte en doble vía, a partir de Tulum en dirección hacia el norte, en plena Riviera Maya. Hay más coches, eso sí.

Después de pasar unos días en la laguna de Bacalar, un enclave natural maravilloso, del que ya he hablado en mi anterior artículo y que sin duda hay que preservar y evitar su degradación, el siguiente destino era Tulum. Esta ciudad del estado mexicano de Quintana Roo es cabecera del municipio del mismo nombre, creado en 2008, tras su segregación del municipio de Solidaridad.

Uno de tantos murales en la localidad de Tulum

Atrás íbamos dejando pueblos o localidades como Pedro Antonio Santos, Limones o Felipe Carrillo Puerto, divididos a ambos lados por una carretera totalmente recta en muchos kilómetros. Conducir por la península no es complicado, pero es mejor no hacerlo de noche y, eso sí, hacer siempre caso de las señales, ir a la velocidad indicada y en las poblaciones no saltarse ningún semáforo.

Hacía ya varios días que habíamos llegado a México para visitar a nuestra hija Sandra y hacer con ella un recorrido por la península de Yucatán. Aunque no era una época de extremo movimiento vacacional, intentábamos evitar los momentos o las zonas más concurridas.

Un barco pesquero frente a las costas de Tulum

Tulúm y su entorno es, sin duda, uno de los enclaves más turísticos de la península de Yucatán. Pero también es verdad que es un rincón maravilloso, de una belleza natural extraordinaria y que merece la pena visitar. La zona turística está algo más masificada que en Bacalar y su Laguna de los Siete Colores, pero muy cerca se encuentra la Reserva de la Biosfera de Sian Ka´an, y el parque arqueológico de Muyil, del que también he hablado anteriormente.

Apartamento donde pasamos unos días en Tulum

Nosotros decidimos quedarnos en el pueblo de Tulum, donde habíamos reservado un apartamento. Tenía muy buena pinta y, sin duda, no nos defraudó, al contrario. Era una casita adosada de dos plantas, rodeada de vegetación por todas partes, estando su zona central presidida por una pequeña piscina enmarcada entre plantas y árboles, entre ellos una ceiba, árbol sagrado de los mayas.

Allí se sentía la tranquilidad de un espacio relajante en una zona muy cómoda, muy cerca de la calle principal de la localidad, pero fuera del perímetro de mayor actividad turística. Incluso el pueblo, nada masificado pero lleno de gente local, nada tenía que ver con la zona de hoteles, de más lujo, instalados a pie de playa. Suelen ser establecimientos tipo boutique o cabañas, no demasiado grandes, pero diseminadas a lo largo de las playas

Detalle de un mural en un restaurante en el pueblo de Tulum
Puesto callejero de frutas

La vía principal del pueblo, que es la travesía de la carretera que enlaza con Cancún, y las calles del entorno están llenas de hostales, bares y restaurantes, que son los que normalmente frecuentan los lugareños. Por la noche, los locales se llenan y las pequeñas tiendas de artesanía o productos típicos de la zona invaden con sus puestos parte de las aceras. En esta zona, de alta dependencia del turismo y como ocurre en muchos otros puntos de la península yucateca, se pueden apreciar las grandes diferencias socio-territoriales existentes. Áreas que rebosan acumulación de capital frente a otras en las que los beneficios económicos y sociales apenas llegan a la población local.

Chamizo en el pueblo de Tulum
La bicicleta es un buen medio para desplazarse por la zona

Población a la que, al igual que el visitante que no pernocte o consuma en algunos de los locales que se extienden a lo largo y ancho de sus playas, no le resulta demasiado fácil acceder a sus blancas arenas y aguas de color turquesa. Los negocios turísticos se han adueñado de la costa y aunque las playas en teoría son públicas en bastantes sitios hay que pagar para poder aparcar e incluso acceder. Hay algunos accesos públicos, pero no demasiados.

Atardecer en Playa Paraíso, muy cerca de la ciudad

La primera playa a la que fuimos, lo hicimos diciendo al personal de seguridad que íbamos a tomar algo en un club de playa. La tarde estaba ya algo avanzada y el sol se iba escondiendo poco a poco por detrás de las palmeras. Se trataba de Playa Paraíso, de la que dicen ser una de las más bonitas de la Riviera Maya. Había algo de sargazo, el alga que en otras épocas del año ha traído de cabeza a las autoridades mexicanas y ha desanimado algo la llegada de turismo en los meses posteriores. Nosotros tuvimos bastante suerte y aunque sí encontramos en algunos puntos sobre la arena, apenas nos afectó.

En esta zona de Playa Paraíso había algo de sargazo

La joya de la corona del Caribe

Al final de esta magnífica playa, pasado el tramo de Playa Pescadores, se vislumbra tras la vegetación la zona más representativa de Tulúm, una de sus joyas de la corona: los restos arqueológicos de lo que fue la ciudad de Zamá, que significa amanecer en lengua maya, pueblo que eligió este lugar asomado al mar Caribe para fundar lo que actualmente se conoce como Tulum, que a su vez quiere decir ciudad amurallada.

Calita sobre la que se asoma el edificio El Castillo en el parque arqueológico de la antigua Zamá

Los mayas, conocidos por ser excelentes arquitectos, matemáticos o astrónomos ocuparon este enclave estratégico sobre un acantilado desde donde poder contemplar el horizonte. Un lugar perfecto para defenderse y ser utilizado como observatorio astronómico. Tulum fue elegido como lugar de culto, en honor al Dios Descendente.

El enclave donde se ubican los restos mayas de Tulum es privilegiado

Sin duda, hay monumentos arqueológicos mayas mucho más importantes o espectaculares, pero Tulum impresiona no solo por la excelente conservación de sus edificios sino por su ubicación privilegiada frente al mar. Una situación estratégica que hizo que se convirtiera en una de las principales ciudades mayas durante los siglos XIII y XIV tras la caída de Chichén Itzá y Mayapán.

Conviene aprovechar las primeras horas del día para disfrutar más tranquilamente de este maravilloso espacio de la historia y la naturaleza, ubicado dentro del Parque Natural de Tulum. Caminar lentamente entre los distintos edificios que conforman el conjunto arqueológico te transporta varios siglos atrás. El azul del cielo, salpicado de algunas nubes, compite con el azul turquesa que bordea la costa protegida por los arrecifes de coral. Mientras, el color de la piedra contrasta con el verde, a veces marrón, del terreno. El ambiente es húmedo pero estamos en época seca, aunque no de calor excesivo.

El edificio El Castillo es el más importante de toda la ciudad maya

El edificio más importante del conjunto es El Castillo que debía servir de faro y guía para los indígenas cuando navegaban a través de los peligrosos arrecifes de coral. Tulum se convirtió en un punto estratégico como nexo de unión entre las rutas comerciales marítimas y terrestres. En el templo superior se realizaban las principales ceremonias religiosas.

El Castillo visto desde uno de los laterales próximos al acantilado

La historia y la naturaleza se dan la mano

Una de sus fachadas mira hacia el mar extendiéndose sobre el acantilado. Este mirador, con unas magníficas vistas, se asoma a una pequeña cala que se abre entre rocas a nuestros pies y a la que se puede acceder bajando por una escalera de madera. Qué decir tiene que es uno de los puntos más concurridos del parque. Más a nuestra izquierda entre el paisaje con gran vegetación destaca la Casa del Dios Viento que vigila, silenciosa, otra pequeña cala, donde suelen ir a dejar sus huevos las tortugas.

Caleta donde suelen desovar las tortugas

Y en conjunción con la naturaleza, en cualquier rincón podemos ver tranquilas, sin alterarse, a las iguanas que silenciosas se mimetizan entre las piedras y muros o a algún coatí alimentarse bajo la sombra de un árbol o arbusto.

Las iguanas se mimetizan con su entorno
Los coatís corretean buscando su alimento

Así, continuando nuestro paseo disfrutamos del Templo del Dios Descendente, donde destaca la escultura de un personaje con alas que parece que desciende del cielo. El Templo de las Pinturas es el que conserva más elementos decorativos. Además de la pintura mural del interior, el exterior cuenta con figuras de estuco en relieve.

El Palacio del Gran Señor

El Palacio del Gran Señor o Casa de Halach Uinik, que era quien concentraba el poder civil, religioso y militar en la ciudad-estado, fue el edificio residencial más grande. La Casa de las Columnas fue utilizada por el Halach Uinic, o rey, para hacer negocios con los señores de menor rango.

La Casa de las Columnas

Zamá fue una de las últimas ciudades mayas habitadas cuando llegó el conquistador Juan de Grijalva quien, tras desembarcar en la isla de Cozumel, exploró la costa en 1518. Sin embargo, el primer contacto de los españoles con la península de Yucatán fue tras un naufragio ocurrido en 1511 al sur de Jamaica. Al final, solo hubo dos supervivientes, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. Este último, que se llegó a adaptar a la vida de los indígenas rehusó, años después, unirse a la expedición de Hernán Cortés cuando pasó por Yucatán.

Pasear por la Zamá de los mayas es como reencontrarte con la historia

Sin embargo, antes que Grijalva, otras expedición encabezada por Francisco Hernández de Córdova llega a Isla Mujeres, frente a Cancum, para pasar posteriormente a la península de Yucatán. Tulum es uno de los sitios más antiguamente registrados y conocidos por el mundo occidental, pues en 1518 el cronista español Juan Díaz narraba haber visto una ciudad tan grande como Sevilla, con una torre que, indudablemente, era El Castillo de Tulum.

A finales del siglo XVI, la ciudad de Zamá es abandonada y con ello vino su deterioro y la propia naturaleza se encargó de ocultarla. Pasaron varios siglos hasta que este sitio, que ya era denominado Tulum, fue redescubierto en 1842 por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, poco antes del comienzo de la rebelión indígena conocida como Guerra de las Castas.

Zamá, la actual Tulum, única ciudad maya al borde del Mar Caribe
Los recuerdos artesanos no pueden faltar

Ya en el siglo XX una serie de arqueólogos realizaron una serie de excavaciones y restauraciones hasta convertirlo en el yacimiento arqueológico que hoy se puede visitar. En abril de 1981 esta área fue declarada Parque Nacional y en diciembre de 1993, Zona de Monumento Arqueológico.

El color del Caribe

El Caribe, con sus diferentes tonalidades, se asoma así en Akumal
La playa de Akumal, una de las más visitadas de la zona

Pero el color turquesa de las aguas cálidas y transparentes se repite a lo largo de esta costa. Lo mismo que ocurre en la playa de Akumal, bastante frecuentada y en mi opinión algo masificada y con bastante cemento a pie de playa. Pero claro, está de moda. En cualquier caso y a pesar de las construcciones existentes se trata de una bella playa por la que puedes pasear y encontrar rincones más tranquilos.

En Akumal siempre hay rincones por donde pasear relajadamente
Playa de Akumal, en el municipio de Tulum

Akumal significa Lugar de las tortugas y haciendo honor a su nombre allí se suele concentrar mucho visitante, especialmente entre mayo y octubre, meses en los que estos simpáticos animales llegan para el desove. Será entre julio y noviembre cuando se pueden observar el nacimiento y su posterior liberación. Por allí no son pocos los negocios relacionados con esta actividad.

Las embarcaciones y empresas de buceo, siempre preparadas para el turismo
Un rincón de la playa de Akumal

De hecho las boyas existentes en una parte de la playa son señal inequívoca de que no puedes traspasar esa línea si no has contratado a un guía. En un momento de relajación total durante un apetecible baño crucé esa franja e inmediatamente después me llamaron la atención para que abandonara el lugar. Me parece perfecto que haya un control para la protección de estos animales pero, ya se sabe, o pagas o no hay nada que hacer. También me echaron de una zona con sombra bajo una palmera donde quise extender mi toalla. Sin problemas… había mucho más espacio donde elegir.

Un lugar para disfrutar del mar

En cualquier caso, una de las playas que más me llamó la atención por su belleza fue la de Xpu-Há, ya en el municipio de Solidaridad. Arroyo de dos aguas es su nombre en maya y hasta allí nos acercamos después de visitar Muyil y Sian Ka´an. Aunque evidentemente hay pequeños hoteles y cabañas, hay puntos en los que no existe ningún tipo de construcción y la tranquilidad es total para poder disfrutar de un mar Caribe en todo su esplendor, donde el azul turquesa de sus aguas transparentes contrastan con el blanco de su fina arena. Aunque se trata de una playa pública, al menos si llegas en coche, debes pagar “peaje” para poder acceder a ella.

Xpu-Há, en el municipio de Solidaridad, una playa para disfrutar
Xpu-Há y sus aguas turquesas y transparentes

A medida en que el paseo por la playa te aleja de las zonas algo más concurridas, el entorno se vuelve más amable y el silencio solo se ve interrumpido por el sonido suave del mar apacible y el saludo de un par de pelícanos que sobrevuelan el espacio donde estamos para descolgarse en picado tras realizar movimientos acrobáticos y pescar por sorpresa a sus presas con sus largos picos. Y justo enfrente está la isla de Cozumel, allí donde los españoles arribaron a estas tierras por primera vez.

Un pelícano se tira en picado para alimentarse en la playa de Xpu-Há

Esta zona del Caribe mexicano, donde la naturaleza y la historia se dan la mano para acoger uno de los espacios más interesantes y privilegiados de la Riviera Maya, me produce un cúmulo de sensaciones encontradas. Allí se ubican hermosos parajes naturales que dan cobijo a una rica y variada fauna.

Xpu-Há es una de las playas más bonitas en las que estuvimos esos días

Sin embargo el desarrollo turístico, del que por supuesto viven muchos locales, debería llevarse a cabo con un control más adecuado porque, como ha ocurrido en tantos y tantos lugares, ese crecimiento poblacional no ha ido acompañado de las infraestructuras adecuadas, como tampoco beneficia a muchos estratos de la población, al contrario. El turismo es desarrollo, por supuesto, pero debería ir unido a acciones más sostenibles porque no se debe abusar de la gallina de los huevos de oro. En la Riviera Maya la naturaleza es bella, dura en algunos aspectos, y debe pertenecer a sus gentes.

Fotos: Carmen González

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Valladolid, el encanto del oriente yucateco

Iglesia de San Servacio, en pleno centro de la ciudad
Arcadas junto al Palacio Municipal

El pasado colonial de esta ciudad del estado de Yucatán, en México, se percibe paseando por sus calles y avenidas. Ya a simple vista Valladolid aparece como una población tranquila, pero a la vez alegre, donde sus tradiciones y sus majestuosos edificios históricos comparten espacio con las innumerables casonas o pequeñas casas de coloridas fachadas.

Valladolid es puro color
Cruce entre las calles 40 y 39, junto a la Plaza Principal

Antes de llegar ya tenía muy buenas referencias, entre ellas la opinión de mi hija Sandra, que ya la había visitado en varias ocasiones. Al igual que a ella, también me cautivó la amplia gama de tonalidades y su hospitalidad. La ciudad yucateca, considerada pueblo mágico desde 2010, se muestra al visitante amable, tradicional e impregnada de cultura. Conocida como la Sultana del Oriente, sus calles, sus barrios, albergan encantadores recintos históricos, parques, casas coloniales o museos que alternan apacibles junto a concurridos mercados, plazas, o puestos de helados o antojitos.

Parroquia de la Candelaria
Parque de la Candelaria y a la derecha una de las sillas “confidentes”

Además de acertar con el hotel reservado ya de antemano, un local encantador, pequeño y tranquilo y próximo al coqueto parque de la Candelaria, prácticamente en el centro de la ciudad, nuestra estancia en esta localidad no nos defraudó en absoluto. Veníamos de la turística zona de Tulum, que sin duda merece la pena conocer, pero recorrer los pintorescos barrios de la Valladolid mexicana te acerca a su historia y a la vida más cotidiana de sus vecinos.

Fachada porticada del Palacio Municipal

El primer contacto con la ciudad y su entorno fue el Palacio Municipal. Allí, Juan Pablo, un funcionario de origen maya, nos ofreció amablemente un recorrido histórico a través del corredor principal del edificio, presidido por enormes murales de Manuel Lizama Salazar. En sus obras, el muralista yucateco, medalla de Bellas Artes en 2018, plasmó la evolución histórica de la ciudad desde antes de la presencia de los españoles hasta los primeros movimientos de la revolución mexicana.

Este inmueble constituye una verdadera joya por su arquería y las columnas de piedra labrada, y desde sus balcones coloniales se disfruta de una magnífica vista del Parque Principal y su diaria algarabía.

En los momentos de calor, siempre es bueno buscar una sombra
Camión de reparto de refrescos

La fuerza de la cultura maya

La huella hispana se percibe en la ciudad, pero sin duda la cultura maya sobrevive en las calles y en las casas, al igual que en toda la península de Yucatán. Al visitante no le pasa inadvertido escuchar a los locales comunicarse en lengua maya. Esta lengua amerindia es parte importante tanto en la vida comercial, como cultural y social.

En cualquier caso, al escuchar una conversación captamos un acento muy peculiar cuando se utiliza el español, que nada tiene que ver con la forma de hablar en otras zonas del país, puesto que en el habla se incorporan tonos, palabras y sonidos del maya yucateco. Como ejemplo, decir que los yucatecos tienden a pronunciar la x de las palabras castellanas como la x del idioma maya, que suena como sh; la n que se pronuncia como m; o la h como j.

Siempre hay un rincón para recordar

La ciudad fue fundada en 1543 por Francisco de Montejo, “El Sobrino”, con el nombre de Valladolid en homenaje a su homónima española. Sin embargo, el primer asentamiento se ubicó en la zona conocida como Chauac-Ha, donde habitaban los cupules, pertenecientes a uno de los cacicazgos mayas. Posteriormente se trasladó a la zona de las ruinas de la ciudad maya de Zaci, cuyo nombre significa gavilán blanco. Desde su fundación y durante la época colonial se convirtió en el centro de desarrollo del oriente de la península de Yucatán. Fue escenario de dos grandes acontecimientos: la guerra de Castas en 1847, un conflicto en el que la población maya se rebeló en contra de la población blanca, y la primera chispa de la revolución mexicana en 1910, que determinó la caída del gobierno de Porfirio Díaz.

La vida en la calle

Además de la interesante visita histórica al palacio municipal, donde el guía nos insistió muy serio en que “en la construcción de las pirámides o edificaciones mayas no nos ayudaron los extraterrestres”, tal y como a veces se llega a decir, no podía faltar una visita guiada por la ciudad. El punto de partida del free tour fue el parque principal Francisco Cantón Rosado, centro neurálgico de la ciudad y sus habitantes, presidido por la fuente con la estatua de La Mestiza.

Grupo de danza sobre el zócalo del parque Francisco Cantón Rosado con La Mestiza en el centro

Esta plaza, sobre la que se asoma señorial y sencilla la iglesia de San Servacio, muestra con todo su esplendor la vida cotidiana de sus vecinos. Rodeada de preciosos edificios coloniales, como el palacio municipal, en ella siempre hay actividad, de día y de noche, con sus puestos callejeros de comida, artesanía y de vez en cuando bailes de la zona sobre su zócalo.

Plaza Principal donde siempre hay actividad

Si el calor agobia, no hay nada mejor que resguardarse bajo sus laureles. También podemos sentarnos en las tradicionales sillas yucatecas, denominadas “confidentes” o “tu y yo”. Se trata de unos bancos cuyo diseño tiene como objetivo que quienes se sientan en ellos se miren a los ojos.

La tradición está muy arraigada y esto se puede comprobar continuamente en la calle donde vemos que mucha gente viste la ropa típica de Yucatán, especialmente los mayores. En cualquier caso, el colorido de los bordados sobresale alegremente en cada uno de los rincones de la ciudad. El terno (huipil, jubón y fustán) para las mujeres, tocadas con flores, y la guayabera y pantalones blancos para los hombres, representan tan solo una parte, pero muy importante, de la identidad yucateca.

Puesto de frutas en el mercado municipal Donato Bates
Un vendedor de frutas en el mercado municipal

Tuvimos la gran suerte de contar con un guía para nosotros solos junto al que paseamos tranquilamente por la ciudad, Casa de la Cultura, Museo San Roque, Centro Artesanal, Parque de la Candelaria, Parque de los Héroes o el mercado municipal Donato Bates donde merece la pena perderse entre los puestos de fruta y verdura.

Una de tantas fachadas coloridas en la Calzada de los Frailes

Uno de los rincones con mayor encanto, sin duda, es la Calzada de los Frailes. Allí las fachadas coloniales representan un motivo indispensable para pasear por esta vía que conecta el centro con el barrio de Sisal y desemboca en San Bernardino de Siena, un exconvento franciscano de más de 400 años de antigüedad y el segundo más grande de Yucatán.

San Bernardino de Siena, en el parque Sisal

La iglesia parroquial de San Servacio es la más importante de la ciudad y de ella el guía nos contó una curiosa historia. Resulta que el templo actual sustituye al erigido en 1545 cuya fachada miraba hacia el poniente como cualquier iglesia yucateca de la época colonial. Sin embargo, en 1705 fue demolida por orden del obispo Pedro de los Reyes Ríos al haber sido profanada durante el “asesinato de los alcaldes”. En 1705 se inició la construcción del actual edificio con una nueva orientación: hacia el norte, es decir hacia la plaza principal. En su fachada principal hay un reloj del siglo XIX, el único público en la ciudad.

Detalle de la catedral de San Servacio

Panucho y otros antojitos

Coincidiendo con nuestra estancia en esta ciudad se celebró el Primer Festival del Panucho, un plato típico de la cocina de Yucatán. Se trata de pequeñas tortillas de maíz fritas que se rellenan con un guiso a base de fríjol. Están fritas en aceite o manteca de cerdo y se les puede añadir carne de pollo o pavo, tomate, aguacate, lechuga, cebolla y huevo. A lo largo de la Calzada de los Frailes, los distintos expositores ofrecían sus mejores viandas a los cientos de visitantes que hasta allí se desplazaron.

Uno de los numerosos puestos de panucho en la Calzada de los Frailes

Se dice que un viajero que se dirigía a la ciudad de Campeche le pidió comida a Don Hucho, pero al no tener qué ofrecerle le entregó un pan al que le agregó fríjol y huevo cocido. Esto se popularizó y se le llamó el pan de Hucho. Con el tiempo, el pan se sustituyó por una tortilla, llegando a denominarse panucho.

La comida en la Calzada de los Frailes compartió espacio con grupos de trova y música de baile, así como cantos en lengua maya. La fiesta estuvo asegurada.

Bazar municipal con sus puestos de comida
Entrada a una de las tequilerías

Pero la gastronomía de Valladolid, la yucateca en general, es muy rica y variada: cochinita pibil, papadzules, poc-chuc, lomitos ahumados, longaniza y un largo etcétera. Un excelente punto de partida puede ser el bazar municipal, ubicado bajo unas arcadas en la plaza principal. Es uno de los sitios de comida tradicional más frecuentados por los locales.

Y después, siempre apetece perderse por la ciudad, callejear, a veces sin rumbo, para poder disfrutar de sus bellos rincones: zonas tranquilas donde todo parece estar en calma o vías más concurridas llenas de bares, tiendas de artesanía, restaurantes, tequilerías o cantinas. Sin embargo, toda la ciudad muestra al visitante, con orgullo, sus fachadas pintadas de amarillo, rojo, verde o azul, cuya intensidad va evolucionando a medida que la luz del día va cambiando sus propias tonalidades.

Una de las tranquilas calles de la ciudad

Paso al inframundo

Si Valladolid en un lugar privilegiado para poder visitar los impresionantes restos arqueológicos mayas de Chichen Itzá o Ek Balam, también es un emplazamiento estratégico para conocer y darse un chapuzón en alguno de los magníficos cenotes existentes en esa zona.

Es curioso, por ejemplo, que en pleno corazón de la ciudad, a pocas calles de la plaza principal, surja el cenote Zaci, uno de los más populares y concurridos. Es del tipo semi abierto al que se accede a través de un túnel o gruta. La tonalidad del agua es azul o ligeramente verdosa, dependiendo de la época del año. Tiene una profundidad máxima de 40 metros.

Cenote Zaci

¿Pero qué es un cenote? Se trata de un término que proviene de la palabra maya dzonot, que significa abismo. Son pozos de agua que se crean debido a la erosión de la piedra caliza suave y porosa. La constitución geológica calcárea de la península de Yucatán impide que el agua se conserve en la superficie filtrándose esta hasta los mantos freáticos que suelen ser profundos.

Los cenotes se consideran verdaderos oasis en medio de la selva. Para el mundo maya eran fuentes de vida pero también lugares sagrados y especialmente eran considerados puertas hacia el mundo de los muertos. Visitar estas cuevas o pozos es una experiencia inolvidable. Sumergirte en sus misterios, inigualable.

Desde Valladolid merece la pena acercarse a los cenotes de Samulá y X-Kekén, a tan solo tres kilómetros de la ciudad, en el municipio de Dzinuip, uno al lado del otro. La primera impresión al acceder al primero es de total admiración hacia sus aguas de color azul turquesa que se ven iluminadas por la luz que se introduce al mediodía a través de un orificio en la parte superior. El agua es cristalina y donde es poco profunda se pueden ver perfectamente los pequeños peces que allí viven. Si el visitante permanece quieto, rápidamente se siente el roce y consquilleo ligero que producen estos pequeños animales.

Cenote X-Kekén

Justo al lado de Samulá se encuentra el cenote Dzitnup y X-Kekén , que quiere de decir cerdo en lengua maya. Se cuenta que fue descubierto por un campesino al buscar a su cerdo cuando cayó en él. Al igual que el anterior, el agua es de color turquesa enmarcada en una amplia cavidad decorada con estalactitas. En la parte superior de la bóveda hay una pequeña entrada natural a través de la cual se ilumina el interior. En ambos tuvimos suerte ya que apenas había visitantes.

Una Ceiba, árbol mágico de los mayas en los jardines junto a los cenotes X-Kekén y Samulá

Sin embargo los cenotes son frágiles y hay que evitar contaminar sus aguas. Por ello, no se debe penetrar en ellas con crema corporal ni protectores ni repelentes. Y, sin duda, hay que evitar colgarse de las raíces de los arboles o tocar las estalactitas.

Valladolid es un estallido de color
Acceso a una de las casonas existentes en la ciudad
Pasear por Valladolid, siempre un placer

Allá donde vayamos siempre encontraremos lugares con magia, espacios con los que conectamos, personas que nos muestran otras formas de vida. Valladolid es un lugar para el recuerdo, para enmarcar sensaciones. Es una ciudad tranquila y acogedora, como dije antes, pero también es alegre como su gastronomía, sus bailes y cantos. Pero… hay que seguir el camino.

Fotos: Carmen González

Bacalar, el lugar donde nace el cielo

La Laguna de Bacalar, un lugar para perderse

Nadar y sumergirse en un cenote de más de 90 metros de profundidad impresiona y más aún cuando esa masa de color azul intenso contrasta de forma tan rotunda con las aguas claras y de escasa profundidad que lo rodean. Me estoy refiriendo al cenote negro, conocido como el cenote de la bruja. Lo encontramos en la Laguna de los Siete Colores, un lugar privilegiado localizado al sur del estado mexicano de Quintana Roo, en pleno Caribe.

La naturaleza se deja observar

A la orilla de esa laguna de aguas cristalinas de diferentes tonalidades se levanta la población de Bacalar, un lugar que entre los años 415 y 435 d.C. fue elegido por los mayas para fundar Sian Ka´an Bakhalal, que se traduce como ‘el lugar donde nace el cielo’. La historia, la naturaleza y sus gentes se unen en armonía es un espacio que me cautivó desde el primer momento.

La laguna se forma al desbordarse los cenotes que allí se encuentran

Mi hija Sandra, que lleva ya bastantes meses viviendo en México y ha viajado por ese país con su mochila a cuestas, no tuvo que insistir, en absoluto, para que Luis, su padre, y yo conociéramos ese extraordinario rincón de la península de Yucatán. Por supuesto lo había visto en imágenes y vídeos a través de internet o de las propias fotografías que mi hija había hecho durante su primera visita a Bacalar.

Sin embargo, la belleza real de cualquier espacio natural solo puede impregnar y dejar huella en todos nuestros sentidos cuando hay un contacto directo: cuando los ojos observan sin tamices, cuando percibimos los olores, cuando sentimos el roce de una piedra milenaria, o simplemente cuando nos sumergimos en una laguna donde las diferentes tonalidades de sus aguas compiten en belleza.

Uno de tantos amaneceres

A Bacalar llegamos después de recorrer en coche 349 kilómetros desde la ciudad de Mérida (estado de Yucatán). Allí nos esperaba un pequeño y acogedor hotel, desde cuya terraza se veían unas magníficas vistas de la laguna, perfecta para ofrecer momentos mágicos a la hora del desayuno o antes de acostarse. Eran estados de auténtico relax, sin ruidos, tan solo rodeados de los perfectos y acompasados sonidos con los que los pájaros y aves del entorno nos agasajaban. Y qué decir de las rojas y anaranjadas tonalidades del amanecer desde esta privilegiada atalaya.

Los azules y verdes se muestran en su máximo esplendor

Sinfonía de azules y verdes

La Laguna de los Siete Colores, como se denomina a la laguna de Bacalar, es un espacio natural de aguas dulces conformado por el desbordamiento de las aguas subterráneas que surgen de los cenotes que allí se ubican, que son lagunas, subterráneas o no, alimentadas por ríos subterráneos. El agua que desborda a través de los suelos calcáreos es cristalina y adquiere diferentes tonalidades en función de las profundidades de los distintos cenotes y los rayos de sol. Desde los azules o verdes casi blanquecinos en zonas de escasa profundidad y fondos de fina arena blanca, hasta los azules oscuros por la gran cantidad de agua que aporta alguno de sus cenotes más profundos, pasando por el verde esmeralda.

Las aguas cambian sus tonalidad a lo largo del día y en función de la profundidad

La forma de la laguna es estrecha y alargada, contando con 42 kilómetros de largo y 4 en su punto más ancho. Forma parte de un gran sistema junto a otras lagunas menores, como Guerrero o Milagros, que se encuentran ocasionalmente unidas, durante las épocas de lluvia, a través de aguadas y pantanos al río Hondo y la Bahía de Chetumal para posteriormente seguir hacia el Mar Caribe.

Zona pública en pleno parque ecológico estatal
Aguas cristalinas en el parque ecológico estatal

El primer contacto con la laguna fue en un balneario en pleno parque ecológico estatal al que se llega a través de un pequeño sendero muy cerca de la población. Es uno de los accesos públicos a la laguna donde suelen disfrutar de esta maravilla los lugareños. Allí se reúnen familias y amigos para refrescarse en unas aguas totalmente trasparentes. A pesar de ser una zona algo concurrida, uno no tiene la sensación de agobio. En absoluto. Hay mucho espacio del que disfrutar.

Los pequeños se divierten jugueteando en el agua
La arena blanca y fina aporta la claridad a las aguas

Al haber escasa profundidad, es un lugar ideal para los pequeños que juguetean con el agua, nadan, saltan y ríen con ganas. Entre ellos, me fijé en una niña que me sonreía y que de repente me saludó muy educadamente, preguntándome que cómo estaba. Era un encanto de cría de no más de siete u ocho años. Ese es solo un ejemplo de la amabilidad y educación que pude observar entre las gentes de la Península yucateca.

Navegando en un mar de colores

Una manera ineludible de conocer la laguna y alejarse de la zona más urbana de la misma es navegando en alguna pequeña embarcación. Esto nos permitió disfrutar de una visión mucho más amplia del litoral, recortado en alguno de sus tramos por los tradicionales embarcaderos o pasarelas de madera rematados por las palapas, estructuras cubiertas con palmas secas.

A bordo se puede observar, en este caso sin acercarse demasiado porque se trata de un área protegida, la isla de los pájaros, un lugar tranquilo y alejado de cualquier actividad turística porque allí es donde nidifican las aves, o llegar rodeando zonas de manglares hasta el canal de los piratas.

Navegar por sus aguas permite apreciar más de cerca rincones de alta protección y belleza

La historia explica que a principios del siglo XVIII que era ésta la vía de acceso de los piratas ingleses, holandeses y franceses, los cuales intentaban penetrar hacia el interior de Yucatán para hacerse con el palo de tinte, que producía en esa zona y se utilizaba para teñir los textiles y estaba muy cotizado en Europa.

Estas incursiones, al igual que los ataques de los mayas que se negaban a ser sometidos, forzaron la construcción en Bacalar del Fuerte de San Felipe por parte de los españoles que habían llegado a la zona en los albores del siglo XVI. Entonces se encontraron a los mayas ya muy fragmentados política y administrativamente. En el siglo XVII el pirata escocés Peter Wallace se había establecido al sur del actual estado de Quintana Roo, donde explotaba el palo de tinte siendo el primer asentamiento inglés en la zona, origen de lo que hoy es Belice.

Acercándonos al canal de los piratas

En la zona junto al canal de los piratas se suele concentrar un importante número de barquitos que acercan al visitante para poder disfrutar de un baño placentero en aguas de un color totalmente traslúcido por la escasa profundidad y los fondos de arena muy blanca. Incluso, hay un área muy próxima al manglar donde la gente se suele embadurnar de lodo exfoliante, eso sí, con algún ligero olor sulfuroso.

Ha pasado un tiempo desde que viajé a México pero las distintas tonalidades que ofrece esta laguna siguen retenidas en mi retina. Es curioso, pero la profundidad del agua puede variar bastante en apenas un metro dependiendo de si se navega por uno u otro cenote.

El cenote negro o de la bruja
Nadando junto a la vegetación que rodea el cenote de la bruja

De repente un gran cortado del que no se sabe con seguridad cual es su profundidad real, según nos explicaba el patrón del barco, nos avisa de que estamos en el cenote negro o de la bruja. Parece ser que hay varias leyendas al respecto, aunque una de ellas relata que allí habitaba una bruja que tenía la capacidad de convertirse en animal, en concreto en un puerco llamado huayquequén. Cercado o rodeado de carrizos, que es como se traduce en maya la palabra Bakhalal, es el momento de darse un baño. Además del de la Bruja, también están los cenotes Esmeralda, Cocalitos y ya separado de la laguna el Azul.

Llamada de atención

Pero la laguna de Bacalar es un paraíso natural al que hay que cuidar y mimar. Hay que hacer todo lo posible por mantener su indispensable biodiversidad, alertan los científicos. Desde que en el año 2015 Bacalar fue declarado ´Pueblo Mágico´ la zona se ha visto sobrepasada en cuanto al número de visitas, no pudiendo las autoridades gestionar en condiciones el tratamiento de las basuras, el reciclaje y el drenaje de sus aguas.

Embarcaderos junto a uno de los hostales ubicados a pie de laguna

Aunque aún el turismo, por suerte, no es masivo, este va creciendo en un lugar donde el ecosistema es muy frágil. Son ya numerosos los hoteles, aunque no de grandes dimensiones, los que se sitúan junto a la laguna, así como un buen número de restaurantes y residencias privadas alineadas a lo largo de kilómetros de una parte de su litoral.

Palapas en los embarcaderos

De hecho, si no te alojas en un hotel a pie de laguna o consumes en alguno de los miradores o balnearios propiedad de alguno de los restaurantes, la alternativa es contemplar el agua o bañarte en alguno de los escasos espacios públicos y abiertos. Ese es precisamente uno de los aspectos negativos de este maravilloso enclave, del que los lugareños -hay que destacar- no pueden disfrutar en su totalidad, salvo que dispongan de una lancha y puedan navegar por sus aguas.

El oxígeno de los estromatolitos

Desde que regresé de México he leído no pocas informaciones sobre la incidencia de la contaminación en esta laguna, alertando de la pérdida de su mayor fortaleza: sus siete colores. La popularidad de este enclave influye, especialmente por culpa del visitante que hace caso omiso de las continuas advertencias y consejos de las autoridades, entre ellas tirar basura o plásticos, molestar a los animales que se reproducen en las zonas de manglar o usar protectores solares y repelentes no biodegradables antes de entrar en el agua.

Sin duda, uno de los mayores enemigos para la laguna y su entorno es no respetar el sistema de estromatolitos. Yo me pregunté ¿que era eso? pero mi hija me explicó que de su presencia depende la existencia de oxígeno en la tierra, repercutiendo en la claridad del agua. Por supuesto me informé al respecto y ahora sé que, ricos en carbonato de calcio, los estromatolitos fueron los primeros microorganismos en trasformar el CO2 en Oxígeno. Se puede decir de ellos que son la evidencia de vida más antigua de la que hay registro fósil en la Tierra y los responsables de que estemos respirando el oxígeno que necesitamos. En Australia se localizaron los más antiguos (3.500 años) y solo se pueden encontrar en escasos lugares del mundo, entre ellos en Bacalar.

Los rápidos de Bacalar, aguas transparentes y en movimiento
Los estromatolitos, seres vivos, se dejan observar entre las aguas transparentes

Rápidos de Bacalar

A simple vista, parecen rocas, pero son seres vivos que no hay que tocar ni pisar. Numerosos carteles de atención nos alertan de su existencia en la zona de Bacalar. Precisamente podemos observarlos en todo su esplendor a unos pocos kilómetros de la población, en otro lugar increíble: los rápidos de Bacalar.

Es una parte más de la laguna de muy pocos metros de anchura y se asemeja más a un río de hermosas aguas verde critalinas. Es un tramo en el que, al estrecharse, se forman corrientes con el agua excedente procedente de la laguna de Xul-Há. En dicho entorno se concentra una amplia variedad de flora y fauna.

Junto a los rápidos se esconden pequeños rincones donde las aguas se toman un descanso
A veces, se observa a algún que otro usuario invadiendo zonas que no deberían pisarse

Además de poder recorrer la zona en kayak es impresionante dejarte llevar por la corriente en dirección sur-norte. Con el mayor cuidado posible recorrimos una vereda paralela al cauce de este río, evitando pisar la orilla totalmente cubierta de estromatolitos, por tanto de materia viva. Una vez alcanzada la distancia elegida, nos sumergimos en el agua con cuidado de no rozar estos microorganismos, que tardan muchos años en crecer, con el fin de no incidir negativamente en su desarrollo.

Inmediatamente, las aguas “rápidas” nos van deslizando relajadamente. A simple vista, parece que las aguas apenas se mueven, pero una vez dentro de ellas, la corriente ya es imparable. Nos dejamos llevar mientras disfrutamos de un paraje natural muy especial. Aunque hay zonas donde no se hace pie, a veces llegamos a pasar por zonas de muy escasa profundidad donde no hay que caer en la tentación de pisar el fondo, cubierto de estromatolitos. He de decir que vimos a más de una persona sentada o de pie sin hacer caso de las recomendaciones. Por supuesto en todo momento te recuerdan que no debes entrar en el agua con protector solar y, por supuesto, no pisar los estromatolitos.

Otro de los rincones con encanto que ofrece la laguna
Los grafitis muestran en las calles el color y las formas del arte urbano

Bacalar no es una ciudad demasiado grande, pero se nota que depende del turismo. Es bastante tranquila pero cuenta con una gran variedad de establecimientos hosteleros. Por las noches, su plaza principal, con amplios jardines, se llena de vida. De hecho es el punto de reunión de sus vecinos. La música y el baile, siempre presente en México, encuentra en ella un privilegiado lugar. No muy lejos, vigilante hacia el horizonte, se alza el fuerte de San Felipe, construido en 1729 y donde se muestra resumida la historia de la población que fue refundada por los españoles.

Fuerte de San Felipe, muestra defensiva de a presencia española en la zona
Los embarcacaderos se adentran en las aguas de la laguna

Bacalar, sus calles, su laguna, sus rápidos y sus colores, siempre los llevaré en mi memoria. Y espero y deseo que tengan su recompensa las labores de concienciación ambiental que llevan a cabo organizaciones como ‘Agua clara ciudadanos por Bacalar’ o campañas que se han puesto en marcha patrocinadas por hoteleros, restaurantes y empresas náuticas para conservar y defender el sistema lagunar de Bacalar, el lugar donde nace el cielo.

Fotos: C.González/L.Romero

Muyil y el árbol sagrado de los mayas

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Las raíces se retuercen invadiendo el paisaje

La ceiba es el árbol sagrado de los mayas que, según sus creencias, les cobijará cuando mueran. Es conocida como ya´ax ché, que significa ‘árbol verde’ y según cuentan sus leyendas fue concebido como el eje del mundo que conectaba los tres planos del cosmos: su tronco era la vida, sus ramas alcanzaban el cielo y sus raíces se hundían en los niveles del frío y oscuro inframundo. De porte majestuoso, la ceiba domina las selvas y puede llegar a medir hasta 70 metros. Me hablaron de ella y pude ver unos cuantos ejemplares durante mi estancia en México.

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Las ceibas presiden el espacio en medio de la selva tropical

A lo largo de bastantes meses he ido relatando en este blog el viaje que mi hija Sandra, con su mochila a cuestas, realizó durante 2018 y 2019 por distintos países de Latinoamérica: Chile, Argentina, Bolivia, Perú… y fue en ese maravilloso país de los Andes donde he puesto un punto y seguido, antes de continuar escribiendo sobre su ruta por otros países. En mi último relato narraba la visita de mi hija a los restos arqueológicos peruanos de Pisac y Ollantaytambo, en el Valle Sagrado de los incas y su llegada a Lima desde donde tenía previsto viajar a Bogotá (Colombia). Esa interrupción en el relato de su largo viaje ha surgido así sin habérmelo propuesto previamente, sin haberlo calculado.

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Fotografiando el templo más importante del sitio arqueológico de Muyil

De hecho, poco días después de regresar yo y mi marido Luis de México, país en el que Sandra se encuentra desde hace ya algunos meses, ha sido cuando me he planteado abrir un paréntesis y exponer mis experiencias personales en este caso en la tierra de los mayas. Se trata del relato de un viaje que me ha permitido conocer una pequeña parte de un país que me ha cautivado pero especialmente una cultura y un pueblo, el yucateco, con una fuerte seña de identidad, la que le da cientos y cientos años de historia. Pero, sobre todo, este viaje me ha permitido reencontrarme con mi hija, a la que no veía desde hacía casi siete meses.

 

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La plaza de acceso comienza a mostrar parte de lo que fue Muyil

Mi destino ha sido la Península de Yucatán y en ella los estados de Yucatán y Quintana Roo. Sin duda, una de las zonas más turísticas de este país, aunque no haya coincidido con temporada alta. En cualquier caso, intentamos huir en la medida de lo posible de los rincones o de las horas con más acumulación de gente.

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Muyil surge atractiva en medio de la selva

Entre la selva y lagunas

Muyil fue, sin duda, uno de los lugares que más me impactaron y donde pude observar cómo las ceibas se alzaban buscando hacia arriba la luz entre la espesura de la selva. Aunque no fuimos demasiado pronto, tuvimos la suerte de poder disfrutar prácticamente solos de este emplazamiento arqueológico. Se ubica a muy pocos kilómetros de Tulum, en plena rivera maya, pero es un lugar no demasiado conocido y por tanto escasamente concurrido. Se encuentra en el municipio de Felipe Carrillo Puerto.

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La vegetación es frondosa en la Reserva de la Biosfera de Sian Ka´an

Se trata de uno de los pocos sitios prehispánicos mexicanos en los que además de poder admirar sus antiguos templos igualmente se puede disfrutar de un entorno natural singular: a los restos arqueológicos se suman una exuberante vegetación selvática y las aguas cristalinas de las dos lagunas colindantes.

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Aún pueden contemplarse restos del estuco original

El nombre contemporáneo de esta antigua ciudad maya se identifica con el de Muyil (lugar del conejo) o Chunyaxché (tronco de ceiba). Los dos corresponden a las dos lagunas que se ubican en la zona. Ambas, junto a esta ciudad cuyo nombre original se desconoce, se encuentran localizadas dentro de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka´an, (en maya, puerta del cielo) declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1987. Mi hija, que todavía no había visitado estos restos arqueológicos, sí tenía muy buenas referencias de ellos y juntos nos animamos a conocerlos.

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Restos de un templo maya

escasos metros de la entrada, el primer contacto con esta ciudad son distintos basamentos de forma piramidal donde se ubicaban las edificaciones cívico-religiosas más antiguas de este asentamiento. En esta plaza, los gobernantes mayas reunían a la población ante cualquier acontecimiento o ceremonia. Y junto a ella, se levantaban los restos de un templo doble con techo de bóveda donde aún persisten algunos fragmentos de estuco a pesar de tener más de 750 años de antigüedad.

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Los árboles cierran el horizonte

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El Castillo, el edificio más importante del sitio arqueológico de Muyil

Estas primeras edificaciones iban a ser solo el ‘aperitivo’ de lo que íbamos a poder contemplar en este magnífico lugar que poco a poco se iba adentrando en la selva. Así, tras caminar por las veredas rodeadas de abundante vegetación, nos topamos con un magnífico templo de unos 17 metros de altura, conocido como El Castillo, la estructura de mayor importancia y altura, cuya cúspide es de forma circular. No es muy grande, pero sí impresiona.

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Torreta superior del Castillo

Interesada en conocer más sobre Muyil, he leído a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que posiblemente la función de esta torreta era representar a la ceiba, que ya dije que era el árbol sagrado de los mayas. “Contaba con piedras salientes, que pudieron haber representado las púas de ese árbol”, señala Carmen Trejo, arqueóloga del INAH, en Quintana Roo, el estado donde se haya este sitio arqueológico,

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El Castillo preside este interesante entorno arqueológico

Destacar que este espacio arqueológico no es muy extenso, al menos lo que se puede visitar, pero sí está considerado como uno de los 20 sitios más importantes por su tamaño y cantidad de vestigios arquitectónicos localizados en esta reserva. Tal y como asegura Trejo, en la época prehispánica Muyil jugó un papel importante en la ruta comercial costera. Aunque se ubica a unos 12 kilómetros del Mar Caribe, su actividad económica se desarrolló a través de las dos lagunas colindantes, que permitían el acceso y salida de mercancías por un entramado de canales.

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La vegetación es exuberante

La historia de Muyil parece remontarse al año 300 a.C., convirtiéndose en una importante ciudad en 250 d.C. Las construcciones del grupo de la entrada y El Castillo cuentan, según explican en el propio sitio, con algunos elementos arquitectónicos semejantes a los de Petén, en Guatemala. Las cerámicas encontradas indican que la ciudad probablemente sirvió como punto clave en una ruta comercial entre Yucatán, Belice, Guatemala y Cozumel. El jade, el chocolate, la miel, las plumas, el chicle y la sal eran bienes de comercio común.

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Imagen del Palacio Rosa

El lugar impacta y nos anima a seguir caminando por otro de los ramales de los senderos que cruzan esa zona de la reserva. Y ese nos acerca al denominado Palacio Rosa o Templo 8, centro del ámbito cívico-religioso, perteneciente al período Postclásico Tardío (1250-1550 d.C.). El espacio está delimitado por una albarrada de escasa altura, un espacio de acceso restrigido al uso de sacerdotes, señalaba Trejo. Según las investigaciones realizadas, la llegada de los españoles, muy claramente en evidencia en Tulum y hacia el norte, no dejó huella en Muyil, salvo la pérdida de población.

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Palacio Rosa, conocido como Templo 8

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Un sendero atraviesa esa parte de la reserva

De la zona donde se levanta El Castillo sale el sacbe, que en maya yucateco proviene de dos palabras sac, que significa blanco y be, que quiere decir camino. Esta vía, de medio kilómetro de longitud, va serpenteando entre la espesa vegetación y llega hasta la laguna de Muyil. En ese punto se encontraron indicios de lo que pudo ser un muelle. Bastante antes de llegar a la orilla se alza, invitándonos a subir, una torre de madera. Desde lo alto se observa una magnífica panorámica y al frente la primera de las lagunas se nos muestra ante nuestros ojos. Tras bajar, hacia allí nos dirigimos.

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Subiendo hasta una de las torretas-mirador

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Desde la torreta se observa parte de la laguna de Muyil

La inmensidad del horizonte nos regala distintas tonalidades del azul que la luz refleja sobre las aguas cristalinas. Unas aguas que estaban tranquilas y que brillaban con la luz del sol y en respuesta al cielo azul, totalmente despejado. La temperatura era soportable aunque la humedad se dejaba sentir a lo largo de toda la visita. Por suerte, no sentimos en ningún momento el ataque furioso de los mosquitos.

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Laguna de Muyil con sus aguas cristalinas

A la vuelta volvimos a recorrer los caminos de Muyil, pudiendo observar de nuevo esas viejas piedras que hablan a quien les quiera escuchar y entre ellos a las ceibas que actualmente, a pesar de ciertos cambios en los usos y costumbres, siguen conservando un fuerte significado y simbolismo mítico entre grupos mayas.

En diferentes poblaciones de la península de Yucatán, Tabasco y Chiapas, en el sur de México, así como en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, este árbol ha ocupado un lugar central en las plazas, convirtiéndose en el techo y cobijo de los mercados y ferias. En algunos lugares, fue incluso el recinto donde se celebraba el cambio de poderes o ‘cambio de varas’ en la población. Las ceibas son esos árboles míticos que se mencionan y se relacionan en el gran libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh (Libro del Consejo).

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Una ceiba joven

Sus troncos, con sus púas salientes en los árboles jóvenes, sus ramas, intentando alcanzar el cielo y sus raíces tabulares se despiden de nosotros recordándonos que en ese paraje descansan los espíritus de aquellos mayas cuya cultura y tradiciones intentan pervivir en la piel y en las costumbres de las comunidades actuales. Entre ellas, la masewal de Chunyaxché, vecina a esta zona arqueológica, dedicada principalmente a la agricultura y a la prestación de servicios turísticos.

Muyil es historia y cultura, pero sobre todo es tranquilidad y silencio, roto en ocasiones por el sonido de las aves.

Fotos: C.González/L. Romero/S. Romero

Por el Valle Sagrado de los Incas

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Pisac (imagen superior) y Ollantaytambo (inferior) centros de referencia de los incas en el Calle Sagrado

Los restos arqueológicos de Pisac y Ollantaytambo, en el Valle Sagrado de los incas, aportan el testimonio de la habilidad que esta civilización quechua tenía para combinar el paisaje natural con la arquitectura ceremonial en piedra y los conjuntos de terrazas de los cultivos adyacentes. Ambas ciudadelas -he leído- constituían lugares aptos para la iniciación de los expertos en rituales, en virtud de la proximidad y las vistas de los picos montañosos que las rodean.

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El valle suena a silencio e historia

Me encanta la historia y, sin duda, esta zona de los andes peruanos tiene grabada en su paisaje la huella que dejaron sus pobladores hace siglos. Viendo las imágenes que mi hija Sandra nos pasó mientras se encontraba viajando por esa zona intenté imaginar de qué forma este valle y esas montañas habían atraído a esas gentes que con su adelantada cultura llegaron a crear el imperio inca, la organización política, económica, militar y cultural más extensa del continente americano. De hecho, llegó a extenderse desde la Amazonía hasta el mar; desde Colombia hasta Chile y Argentina, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia.

Cuzco, la que fuera capital del imperio, es una ciudad peruana que imprime carácter y como tal cautivó a mi hija que junto a sus amigas había decidido quedarse allí, al menos unos cinco días. Todavía era primavera -era la primera semana de diciembre- y el tiempo meteorológico seguía siendo algo inestable, pero la ciudad, con sus callejuelas y sus fachadas de piedra, tenía mucho que ofrecer.

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Andenes de cultivo en Pisac

Cuzco es mucho más. Es también la puerta de entrada al Valle Sagrado, un territorio recorrido por el río Urubamba (Urupampa en quechua, que significa ‘meseta de arañas’). Mi hija me comentó el penúltimo día de su estancia en Cuzco que al día siguiente se iba a desplazar en autobús a Pisac y a Ollantaytambo, dos pueblos que acogen impresionantes restos incas. Un territorio de paisajes andinos donde sus habitantes, nativos de la etnia quechua, conservan muchas costumbres y ritos ancestrales.

Al igual que Machu Picchu, los más importantes complejos ceremoniales en el corazón del Valle Sagrado fueron construidos a mediados del siglo XV, durante el reinado del primer gobernante histórico inca, Pachacútec (o Pachacuti) Yupanqui (1438-1471).

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Yacimiento arqueológico de Pisac

Pisac y su magia

A unos 45 minutos de Cuzco por carretera surge la magia de Pisac (2.974 metros sobre el nivel del mar), un pueblo que se ha convertido en un destino por si mismo y forma parte del camino a Machu Pichu. Aquí el río, que más adelante cambiará el nombre por el de Urubamba, recibe el nombre de Vilcanota (que en quechua significa ‘cosa sagrada o maravillosa’). Además de su sorprendente mercado, instalado en la Plaza de Armas y calles aledañas, sus vías muestran antiguas casonas como prólogo a lo que después el visitante va a poder descubrir cuando recorra las magníficas estructuras de su fortaleza inca que se asienta sobre un abrupto promontorio rocoso.

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Indígenas, herederas de la cultura inca en Pisac

Era por tanto, el momento de visitar uno de los yacimientos arqueológicos incas más importantes de Perú. Situada a 3.300 metros de altura esta ciudadela-fortaleza se asoma al valle que se extiende a sus pies. He leído, y así lo explican los guías del complejo, que Pisac se estableció para defender la entrada sur del Valle Sagrado.

Paseando entre las ancestrales edificaciones, y así lo hicieron Sandra y sus amigas Anya y Sabina, se localizan templos y palacios donde aún lucen restos de mampostería exquisitamente labradas. Torreones, aposentos, centro de ceremonias con un puesto de amarre del sol, centro de control, túnel, conductos de agua, baños rituales… todo ello extendido en diferentes barrios en los que se dividía esta imponente infraestructura.

Aunque el día venía marcado por las nubes y por una temperatura más bien fresca, el hecho de recorrer caminos por donde, siglos atrás, lo habían hecho los ancestros de los indígenas que hoy pueblan estas tierras, imprime al viajero un cierto sentimiento de añoranza, de paz.

Ello, mientras se observa desde las alturas de Pisac los acantilados rocosos, donde las cuevas eran utilizadas con fines funerarios, o el imponente conjunto de andenerías de cultivo que descienden por las empinadas faldas de la montaña.

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Ollantaytambo, surge vigilante en pleno Valle Sagrado de los incas

Una ciudadela que vigila el valle

Sandra me comentó que después de realizar una muy interesante visita, acompañadas por un guía y sus explicaciones, el siguiente destino fue Ollantaytambo, una ciudadela que vigila el valle, a unos 60 kilómetros de Cuzco. Con sus calles empedradas, edificios colosales, un templo dedicado al Sol y amplios andenes agrícolas, Ollantaytambo fue una de las propiedades reales más importantes erigidas por Pachacútec, en el Valle Sagrado. El poblado de Ollantaytambo (2.792 metros de altitud sobre el mar) es uno de los mejores ejemplos de planificación incaica que subsiste hasta nuestros días.

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Al fondo el pueblo de Ollantaytambo, visto desde los andenes de cultivo

Atravesado por acequias, conserva casi intactas las canchas (corrales para animales), entorno a las cuales se disponen las viviendas, construidas en adobe y techadas de paja. En la cima, se muestra la ciudadela con su templo, construido con piedras megalíticas transportadas desde una cantera situada al otro extremo del valle. Se cree que los incas habrían empleado para su construcción a canteros procedentes de la región del lago Titicaca.

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Ciudadela de Ollantaytambo

Las leyendas atribuyen el topónimo de esta ciudadela a Ollanta, un general de milicias de Pachacútec, que se habría enamorado de la hija predilecta del emperador. Ollantaytambo fue la única fortaleza desde la cual los incas lograron resistir con éxito el embate de la caballería española, comandada por el hermano menor de Francisco Pizarro, Gonzalo.

Las edificaciones de estas ciudadelas, como las que se pueden observar en Cuzco son impresionantes, sólidas, simétricas y sencillas. He leído que el sacerdote jesuita José de Acosta, quien viajó por Perú con los conquistadores españoles, se refirió en 1589 a los edificios y fábricas construidos por los incas en sus fortalezas, templos, caminos, casas de campo y otras.

De sus trabajos destacó la solidez de la piedra, utilizada en grandes bloques sin la necesidad de argamasa. “Estas encajaban unas con otras sin que se perciba la juntura ni quepa en ella ni un alfiler”, señalaba. Por su parte, el inca Garcilaso de la Vega, indicaba con sus explicaciones que se les daba forma a los bloques de piedra golpeándolos con piedras negras.

Cuzco todavía conserva muchos buenos ejemplos de la arquitectura inca, aunque muchos muros de mampostería inca se han incorporado a las estructuras españolas coloniales.

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Ollantaytambo, uno de los puntos de parada en el Camino del Inca

En Ollantaytambo, los caminos de los viajeros se bifurcan: algunos se suben al tren que va directo a Aguas Calientes, al pie de Machu Picchu, otros comienzan el sendero siguiendo el Camino del Inca, y otros eligen rutas alternativas. Los incas trazaron una red de caminos de 30.000 kilómetros que atravesaba los seis países del Tawantinsuyu. Se llamaba Capac Ñam, que en quechua significa Camino Real o Camino del Inca, y fue la red vial más larga y avanzada de la Sudamérica precolombina. Su tramo más famoso son los 43 kilómetros que van del poblado de Chillca a Machu Picchu y que recibe el nombre de Camino Inca.

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Un valle que se deja abrazar por el río Urubamba

Seguir el camino

Quedaba poco para decir adiós a esta hermosa ciudad andina y creo que, según los comentarios de mi hija, había sido una escala en su largo viaje muy fructífera y muy enriquecedora. Sabía que aún le quedaba un largo trecho por delante en su recorrido por latinoamérica y sentía cierta preocupación. No lo podía evitar, pero al mismo tiempo disfrutaba a través de sus propias experiencias. Yo me documentaba y es que nunca se sabe si algún día llegaré a visitar alguno de esos maravillosos rincones. Sandra no tenía mucho tiempo para permanecer en Perú, puesto que el día 8 de diciembre tenía que volar desde Lima hasta Bogotá (Colombia).

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La tradición se muestra en los mercados

Por eso, el día 6 de ese mes cogieron un autobús en el que durante 24 horas las iba a llevar por esas carreteras andinas, sinuosas y complicadas hasta la capital peruana. Un viaje largo, pero muy barato. Por tan solo 20 euros iban a recorrer más de 1.107 kilómetros. El autobús estaba bastante bien, según valoró Sandra. En cualquier caso, son jóvenes y las vivencias dan riqueza.

Una vez en Lima, un amigo fue el encargado de recogerlas en la estación de autobuses. Ese mismo día, mi hija había quedado con unas amigas que había conocido en su época de estudiante en Salamanca. El mundo es un pañuelo…

Fotos: Sandra Romero

Cuzco, entrada al Valle Sagrado

IMG-20171130-WA0018La ciudad peruana de Cuzco les recibió con lluvia. No hacía demasiado calor por lo que el jersey que mi hija Sandra se había comprado en Uyuni (Bolivia) le hizo un gran servicio durante los días que permaneció en esta sorprendente ciudad, ubicada en medio de los Andes peruanos. Acogida por el valle del río Huatanay, a 3.400 metros de altitud, la que fuera capital del imperio inca deslumbró a mi hija y a sus amigas.

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Imagen de la catedral vista desde los soportales, en la Plaza de Armas o Plaza Mayor

Me comentó Sandra que tantas horas de viaje en autobús desde La Paz habían merecido la pena ahora que podían disfrutar del encanto de esta ciudad. Incluso se perdonaban las molestias estomacales, que aún se resistían a desaparecer. Pero solo el hecho de poder pasear por sus vías disfrutando de una amalgama de mercados callejeros, iglesias barrocas y edificios coloniales, suponía ya un premio para las incansables viajeras.

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Vista parcial de la Plaza Mayor y de la Catedral

Mi hija me dijo que, a pesar de todo, había podido dormir bastante en el bus-litera y que incluso descansaron al llegar a su hostal. Un alojamiento que estaba bastante bien y que solo les costaba tres dólares con desayuno incluido. De hecho, enseguida se plantearon quedarse más tiempo en esta zona, donde había mucho que ver. En Perú había que retrasar una hora respecto al horario de Bolivia.

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Plaza El Regocijo, en pleno centro histórico de la ciudad de Cuzco

Cuzco o Cusco, en voz quechua el ‘ombligo del mundo’, es una ciudad donde los posos de la historia y de la cultura se asoman en cada rincón. Cuenta la leyenda, según fue recogida por el inca Garcilaso de la Vega, que fue Manco Cápac quien fundó la ciudad-estado de Qosco en el siglo XII, ubicando esta a las afueras de lo que hoy es la Plaza de Armas. Así lo hizo tras una revelación de Inti, el dios Sol. En cualquier caso, excavaciones arqueológicas indican que el valle cusqueño ya se encontraba habitado por pobladores primitivos hace cerca de tres milenios.

Este lugar quedó convertido en el centro del Reino de Cusco, expandiéndose hasta formar Tawantinsuyu, el imperio precolombino más grande de América. Siguiendo con algunas pinceladas históricas (disciplina que me encanta), decir que la ciudad se convirtió en el centro administrativo, político y militar de un territorio que abarcaba desde el sur de Colombia hasta el centro de Chile pasando por Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina.

Caminar por Cuzco es hacerlo por una ciudad que fue trazada y diseñada por los incas. Es contemplar los edificios coloniales construidos sobre la base de los antiguos palacios reales de los incas. Es pasear por una ciudad, resultado de la fusión de dos estilos arquitectónicos que la hacen incomparable, que da la oportunidad de apreciar las joyas del arte que encierran sus murallas.

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Plaza de Armas, centro neurálgico y de actividad para los cusqueños

Según pudo corroborar mi hija, sin duda el centro neurálgico de la ciudad es su Plaza de Armas o Plaza Mayor. Ocupa actualmente el mismo lugar que la plaza Huacaypata que fue trazada por Manco Cápac al fundar la ciudad. En torno a ella, se construyeron los palacios reales de Pachacútec, Sinchi Roca, Viracocha, Túpac Yupanqui, Huayna Cápac y Acllahuasi. Allí se celebraban las fiestas militares, como el Inti Raymi o fiesta del Sol. Con la llegada de los españoles, la plaza redujo sus dimensiones con la incorporación de la catedral barroca, la iglesia de la Compañía de Jesús, los soportales que, según veo en las imágenes, recuerdan a esas plazas o vías castellanas, las arquerías o las casonas.

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Una de las puertas ubicada en la fachada frontal de la Catedral

El poso de la historia se observa en cada rincón de esta ciudad, la más antigua de Sudamérica. Los incas desarrollaron una organización política y social muy jerarquizada, consiguiendo erigir una capital totalmente organizada y cuyo plano cuadriculado podría recordar cualquier ciudad romana.

Pero el esplendor inca en Cuzco terminaría en 1533 con la conquista de Francisco Pizarro, que en marzo del siguiente año refundó la ciudad, aunque con el sello hispánico. A lo largo del siglo XVI fueron frecuentes las revueltas incas contra el dominio castellano hasta que en 1572, una de estas revueltas dirigida por las tropas de Tupaq Amaru II, descendiente de reyes, fue aniquilada y su líder capturado y ejecutado, junto a toda su familia, en la Plaza de Armas.

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Garcilaso de la Vega, el mestizo

Cuzco fascina, dicen quienes la han visitado, entre ellos Sandra. Y allí se encuentra la casa del escritor y cronista Gómez Suárez de Figueroa, apodado inca Garcilaso de la Vega, nacido en Cuzco en 1539 y muerto en Córdoba, en 1616, el mismo año en el que también fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

A este mestizo, hijo del capitán y conquistador español Santiago Garcilaso de la Vega y de una princesa inca, se le considera ejemplo del hermanamiento entre los pueblos y estandarte de la unión entre culturas por su reivindicación mestiza. La prosa de Garcilaso de la Vega está considerada como cumbre de la lengua castellana.

Si Lima es la capital política y económica de Perú, Cuzco es la capital histórica de este país andino. Aquí se mezclan las culturas inca precolombina, la colonial española, la indígena andina y la mestiza, mezcla de las dos anteriores. ¿Cómo no va a ser atractiva esta ciudad y su entorno cuando desde aquí se gestó un imperio de gran diversidad a lo largo y ancho de 4.500 kilómetros coronados por los Andes?

Aquí todo trascurre con calma. El ir y venir de las gentes. Los más pequeños jugando, y los mayores ofreciendo sus productos en los numerosos mercados de la ciudad. Los locales, incluso a pesar del mal tiempo, charlan animados junto a la fuente coronada por la estatua del inca Pachacutec, en la Plaza de Armas.

Y mientras, todo está impregnado de color. La ciudad invita al paseo, aunque la altura se sigue notando. Por eso, conviene reponer fuerzas y saborear la comida local. Eso sí, con cierto cuidado cuando el estómago sigue jugando alguna que otra mala pasada.

Aunque Cuzco se ha convertido en un destino muy concurrido de turistas, en los días en que Sandra y sus amigas Anya y Sabina llegaron la ciudad estaba más o menos tranquila. Era el 1 de diciembre y, como ya dije anteriormente, el tiempo era algo desapacible y fresquito y de vez en cuando llovía. Sin embargo, eso no importaba porque esta ciudad, patrimonio de la humanidad desde 1938 y capital del imperio inca, evoca la fuerza que durante tantos siglos sus gentes y sus culturas han ido impregnando en sus piedras, sus calles y sus edificios, sin olvidar los numerosos museos que acogen y muestran su historia.

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Caminar por las calles de Cuzco es siempre un placer

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Barrio de San Blas, entrañable y acogedor

Por ejemplo, cómo no destacar esas callejuelas, refugio de los artesanos que muestran allí sus trabajos a los miles y miles de visitantes. Es el caso de San Blas, uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad, donde tradicionalmente se asentaban herreros, zapateros, sastres y hojalateros. Es conocido también como el “balcón de Cuzco” desde donde se obtiene una magnífica visión más elevada de la ciudad.

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Desde la parte alta de la ciudad se observa un mar rojo de tejados

Sin duda, merece la pena sentir el pasado observando el Hatun Rumiyoq, un muro de piedra ubicado en la calle del mismo nombre. Dicen que pudo formar parte del palacio atribuido al inca Roca. En esta calle se encuentra la ‘piedra de los doce ángulos’, perfectamente ensamblada en sus 12 esquinas y sus lados.

 

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Una de tantas calles empinadas de Cuzco

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Las fachadas encaladas contrastan con la oscuridad de las piedras

Pero Cuzco es mucho más. Es la puerta de entrada al Valle Sagrado, centro del universo inca, de fértiles tierras y un espectacular paisaje recorrido por ríos, cerros y quebradas.

Antes de llegar a Cuzco mi hija me comentó que no iban a visitar Machu Picchu. No por falta de ganas sino porque, teniendo en mente todo lo que aún les quedaba por recorrer, decidieron ahorrarse el coste -que consideraron bastante alto- de la entrada al conjunto arqueológico, además del tren que hay que coger desde Cuzco para visitarlo.

Volveré en alguna otra ocasión, nos comentó Sandra.

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En Maras sobresalen las salineras, un ejemplo de explotación de orígenes incaicos

Terrazas de sal

Sin embargo, esta zona es tan maravillosa que hay muchas alternativas arqueológicas y bastante más baratas. Sin ir más lejos y como primera visita, el objetivo era dirigirse hacia Maras, a unos 48 kilómetros de Cuzco. Un taxi las llevó a este poblado que fue fundado por los españoles en 1556. Allí, no hay que perderse los andenes de Moray ni sus salineras. En este último caso se trata de unas minas de sal cuya explotación es tan antigua como el Tawantinsuyo, nombre originario del imperio inca. Las pozas pasan de padres a hijos y se explotan para su comercio local.

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Dos imágenes de las espectaculares salineras de Maras

Las salineras, a las que se puede acceder caminando por un sendero que sale de Maras, sobresalen a modo de terrazas extendidas en la ladera de la montaña Qaqawiñay, a 3.380 metros de altitud y está atravesada por un riachuelo que nutre de agua salada las pozas. Su nombre en quechua es Kachi Raqay y está integrada por más de tres mil pozas. El agua se filtra y se evapora por la acción del sol que hace que broten los cristales de sal. Este es uno de los pocos sitios donde se extrae la sal rosada.

salinas MARAS01El lugar impresiona y el blanco de la sal, contrastando con los ocres, deslumbra a pesar de que las nubes que cubrían este hermoso valle matizaban las diferentes tonalidades del entorno. Y, al final, en uno de los momentos de la visita a esta zona, en pleno campo, la lluvia no dejó de aparecer a modo de aguacero. Como curiosidad, en la zona pudieron observar caracolas vivas adosadas a los matorrales.

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Caracola amarrada a las raíces

También muy cerca de Maras, se encuentra una impresionante construcción de la época de los incas. Son andenes circulares concéntricos que van formando un anfiteatro a modo de bancales excavados. Los incas los utilizaban para experimentar la siembra de diferentes cultivos procedentes de distintos lugares del imperio. Disponen cada uno su propio microclima en función de la altura a la que se encuentran y permitían la obtención de productos originarios de la costa y la selva en una zona de clima más frío y de mayor altura.

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Fachada principal de la catedral por la noche

Tras la visita, había que regresar a Cuzco y aprovechar las últimas horas del día, aunque no era conveniente acostarse muy tarde porque al día siguiente había que adentrarse un poco más en el Valle Sagrado para visitar los impresionantes restos arqueológicos de Ollantaytambo y de Pisac.

Fotos: Sandra Romero

La Paz, una ciudad en las alturas

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Vista general de La Paz y al fondo el Monte Illimani, con sus cumbres nevadas

Dicen que La Paz es una ciudad que toca las nubes. De hecho, siendo el centro político y sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo de Bolivia, es la capital situada a mayor altitud del planeta.

Mientras, Sucre ostenta la capitalidad constitucional y judicial del país. La Paz es una ciudad en las alturas, enclavada en un valle y rodeada por las altas montañas de la cordillera de los Andes. Entre ellas, el Illimani (6.233 metros), su espíritu protector y el emblema más importante de la ciudad.

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Una calle de Sucre, la capital constitucional y judicial de Bolivia

La Paz, cuya orografía va marcando su seña de identidad, fue la siguiente escala en el viaje que mi hija había comenzado tres meses antes en Chile. Ahora, junto a sus amigas Anya y Sabina, había llegado a una urbe que se extiende aproximadamente entre los 3.200 y los 3.800 metros de altura sobre el nivel de mar. A pesar de ello, el mal de altura había quedado atrás. No así, ciertos problemas digestivos, que iban a acompañar a las viajeras unos cuantos días más. Las pastillas de “Fortasec”, incluida la versión rusa que llevaba en su mochila Anya, estaban siendo apoyos inseparables en este tramo del viaje. Las comidas habían hecho ciertos estragos.

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Parte de la ciudad de La paz desde la línea amarilla del teleférico

Pues bien, después de haber viajado durante unos 700 kilómetros desde Sucre, la llegada en autobús a La Paz impresiona, según me explicó Sandra. Desde una de las zonas más altas de la ciudad, donde confluye la carretera, se divisa una urbe que va descendiendo por las laderas de lo que se asemeja a una gran olla. Se puede decir que es una ciudad bastante pintoresca y, según dicen, complicada por su composición geológica y su topografía muy particular marcada por pendientes muy empinadas, con calles estrechas y amplias avenidas. Además está atravesada por más de 200 ríos y arroyos. Un gran desafío para arquitectos e ingenieros.

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Una de las zonas de La Paz

Tras el largo viaje nocturno, tocaba intentar descansar, al menos un rato. Para su corta estancia en esta ciudad, mi hija y sus amigas habían concertado el alojamiento mediante el sistema de ‘coachsurfing’, que como ya he explicado en otras ocasiones, se trata de compartir alojamiento con personas que ofrecen sus casas de manera gratuita a gente viajera, especialmente jóvenes, y les permite convivir con ciudadanos locales. En esta ocasión, estuvieron en casa de un joven que trabajaba en la administración del Estado, ferviente defensor de la política de Evo Morales. Una casa con una magníficas vistas de la ciudad.

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Vista de la ciudad desde la casa donde se alojaban las viajeras

Precisamente en esos días, a finales de noviembre de 2017, en las calles se observaban las diferencias existentes en la opinión pública boliviana entre quienes estaban a favor de que el presidente del país se presentara en 2019 a la reelección por cuarta vez, cuya candidatura de hecho anunció esos días, y quienes estaban en contra. A título informativo recordar que en 2016 los actuales gobernantes habían perdido un referéndum que había dado un no rotundo a modificar la Constitución y por tanto rechazaba que el presidente pudiera postularse a la reelección.

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Fachada de la sede del Tribunal Supremo con sede en Cuzco

El Tribunal Supremo Electoral, sin embargo, avaló a finales de 2018 dicha candidatura en base a una sentencia del Tribunal Constitucional, siendo considerada una resolución ilegal por parte de la oposición. Morales confirmó en diciembre del pasado año su candidatura. Este domingo, precisamente, se han celebrado elecciones primarias, que se han desarrollado con muy escasa participación. Este proceso había sido duramente criticado por los opositores. 

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Desde una de las cabinas de la línea verde del teleférico

Pasearse por las alturas

Me insistía mi hija en la peculiaridad de esta ciudad que, precisamente, no es la más poblada del país. Tampoco es la segunda. Ganan en estadística Santa Cruz de la Sierra, que es el principal motor económico del país y El Alto, que desde sus más de 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar se asoma por encima de La Paz, a la que está prácticamente unida. Allí arriba se ubica precisamente el aeropuerto internacional más importante.

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Otras perspectiva de La Paz desde las alturas

En una ciudad en la que existen tantos desniveles construir un metro es inviable. De hecho, puede haber hasta incluso más de 600 metros de diferencia en la altitud entre un punto y otro de la ciudad. Por eso, uno de los rasgos característicos de esta urbe es la red del teleférico. De hecho, caminar por sus calles y sus cuestas, que escalan al infinito, puede hacerse a veces complicado y más de una vez puedes quedarte sin aliento y echando de menos algo más de oxígeno. Y, sin duda, al salir a la calle no hay que olvidar ponerse crema con protección solar, especialmente los días en los que brilla el sol.

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Vista de La Paz

Pues bien, el uso del teleférico se hace casi obligatorio para ir desde las partes altas de la ciudad hasta el centro o viceversa. Hace pocos meses se ha ampliado la red, considerada entre las más modernas y, ya dentro del libro Guinness de los récords, la más extensa y situada a mayor altitud del mundo. También se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos tanto de la Paz como de El Alto, pero igualmente es el medio de transporte utilizado diariamente por trabajadores y estudiantes que van y vienen de un lugar a otro, permitiendo ‘volar’ sobre la ciudad hasta los 4.000 metros. De esta forma sus miles de usuarios, de todos los estratos sociales, se evitan los habituales atascos de la ciudad.

Las vistas, me explicaba Sandra, son espectaculares y muestran al usuario a vista de pájaro numerosos detalles de las casas, edificios oficiales, monumentos y especialmente la magnitud de la cordillera de los Andes. De esta obra de ingeniería se sienten muy orgullosos los habitantes de La Paz y El Alto. Subirse a una de las cabinas es todo un espectáculo. ¿Quién va a entretenerse mirando sus teléfonos móviles mientras en el horizonte se dibuja el contorno de las montañas o sobrevuelas barrancos profundos, mercados multicolores, canchas de fútbol, tejados, terrazas y plazas de la ciudad?

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Graffiti en una de las calles de La Paz

El monte protector

Y si hay un punto que llama la atención, tanto desde el teleférico como de distintos escenarios de esta ciudad, es el monte Illimani, la segunda altura del país. Las cumbres blancas e inmensas de este enorme macizo de más de 6.400 metros de altura sobrecogen. Es considerado el Achachila de La Paz, que en la cultura aimara significa espíritu protector. El volcán o nevado Illimani está extinguido, habiendo sido su última erupción en 1869. El límite de sus nieves perpetuas se encuentra a 4.570 metros sobre el nivel del mar.

Al hablar del Illimani no puedo dejar de pensar en mi época universitaria, hace ya de ello muchos años. Es un nombre que me evoca momentos especiales relacionados con la música latinoamericana de entonces. No eran bolivianos, eran chilenos los integrantes del grupo que se hicieron llamar Inti Illimani, en alusión al monte boliviano. Este nombre está compuesto por el término inti, que en quechua quiere decir sol e illimani que en aimara significa águila. Quienes son de mi generación recordarán las canciones de este grupo, al igual que las de Quilapayun, que sonaban en los años setenta.

La estancia en La Paz fue muy breve aunque sirvió para echar un vistazo muy general a esta peculiar ciudad, llena de iglesias del siglo XIX. Una ciudad fundada en 1548 por el conquistador español Alonso de Mendoza, en el asentamiento inca de Laja, con el nombre de Nuestra Señora de la Paz. La ciudad fue trasladada posteriormente a su ubicación actual en el valle de Chuquiago. Un lugar interesante es el Mercado de las Brujas, donde se venden talismanes y pociones para los rituales aimaras.

De camino a Cuzco

Tocaba de nuevo partir, también en autobús, y por delante quedaban más de 650 kilómetros, pero muchas horas de carretera, para poder llegar a Cuzco (Perú). Un bus-cama o litera, de nuevo, para afrontar lo mejor que se pudiera esas vías llenas de curvas a través del altiplano andino. Asientos, perfectos para viajes largos, que se reclinan entre 160 y 170 grados. Me decía mi hija que, por la noche, al menos durmiendo, no se enteraba demasiado de cómo eran esas carreteras. Ya se sabe, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

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Imagen del lago Titicaca, compartido entre Bolivia y Perú

En cualquier caso, habiendo iniciado el viaje de día, Sandra y sus amigas compañeras de viaje pudieron contemplar las maravillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo (3.800 metros) considerado un lugar sagrado para los incas. De sus 8.562 kilómetros de extensión, el 56% pertenece a Perú mientras que el otro 44% a Bolivia. Sirve de frontera entre ambos países. Tiene una antigüedad estimada de tres millones de años y una profundidad media de 107 metros.

La carretera que discurre entre La Paz y Cuzco se extiende por el altiplano andino y por tanto a una altura considerable. Las noches son frías y esa bajada de temperatura la sintió Sandra, que me comentó posteriormente que había “sobrevivido” gracias a la amabilidad de un viajero que le cedió parte de su manta. Entonces, mientras veía cómo otros viajeros bolivianos o peruanos “viajaban con sus supermantas”, se acordó de la ropa de abrigo, entre ella un plumífero, que se había dejado olvidado en Buenos Aires. ¡Qué frío hacía!, insistía.

A esto habría que añadir otra pequeña incidencia. El autobús, en plena noche, se quedó parado por avería. La suerte fue que el bus que tenía que recoger a los viajeros no tardó demasiado en llegar. En fin, esas son cosas que pasan y cuanto más viajas, más posibilidad hay de que sucedan.

Pero al final del camino estaba Cuzco, una ciudad que enganchó a mi hija y a sus amigas. Ahora, al llegar allí, y aunque pudieron dormir durante muchas horas de viaje, tocaba descansar. Les esperaba una maravillosa ciudad.

Fotos: Sandra Romero

 

Sucre, la Ciudad Blanca donde nació el Estado de Bolivia

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Una vista general de la ciudad de Sucre

Un país donde la mayoría de su población es indígena, donde coexisten 37 lenguas oficiales y hay una gran variedad étnica, refleja su gran multiculturalidad. La mezcla de culturas es total: mestizos, indígenas, blancos, afro-bolivianos, europeos y asiáticos conviven en el territorio. Bolivia abarca asimismo una gran diversidad de ecosistemas (andinos, amazónicos o chaqueños, entre otros). Este país está dividido en tres zonas geográficas diferenciadas que van desde la cordillera de los Andes hasta los llanos, encontrándose en medio la zona subandina. En esta última se ubica el departamento de Chuquisaca, de la que Sucre es la capital.

Poco después de llegar a esta histórica ciudad, siendo aún de madrugada en horario local, mi hija Sandra me comunicó que ya se encontraba en su siguiente destino. Atrás habían quedado Uyuni y su impresionante salar, con sus 64 millones de toneladas de sal y litio, a unos 3.653 metros sobre el nivel del mar. De noche, ella y sus amigas habían salido de esta localidad del altiplano en autobús a través de la Ruta 5 para llegar 361 kilómetros después a Sucre.

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Sucre, con sus fachadas blancas muestra su carácter colonial

El cansancio se dejaba notar a pesar de que en el autobús había podido dormir. Me tranquilizó, sin embargo, el que ya hubieran desaparecido los síntomas de mal de altura. Ese mal de montaña que, yo como persona que nunca lo ha sufrido, es difícil que pueda saber realmente cómo se puede sentir alguien que lo ha padecido. Durante el camino hacia Sucre se pasa por la ciudad de Potosí, donde los 4.067 metros sobre el nivel del mar son ya palabras mayores. En cualquier caso, pasada esta ciudad imperial, el terreno va descendiendo hasta llegar a los 2.810 metros de altitud sobre el nivel del mar de la capital constitucional de Bolivia.

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Sus rincones nos recuerdan la arquitectura andaluza

Aunque yo le había insistido para que en su mochila introdujera algún sombrero o gorra, mi hija había pasado de mis recomendaciones. Sin embargo, en Bolivia, aunque las regiones altas son frías por las noches, durante el día y debido a los altos índices de radiación ultravioleta no hay que olvidar los protectores solares ni las gafas de sol.

Me he comprado una gorra, me dijo.

Aquí es muy fuerte el sol y nos ponemos crema solar todos los días, me había reconocido.

Bueno pues, al final se dio cuenta de que protegerse la cabeza no era una tontería y los envases de protección solar una necesidad.

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El blanco perfecto contrasta con el azul intenso del cielo

Ciudad Blanca

Nada más llegar al hostal, que les habían recomendado aprovecharon para seguir durmiendo y coger fuerzas para poder disfrutar de su primer día en esta localidad, conocida como la Ciudad Blanca por el color de sus edificios coloniales. Sandra me comentó y así lo he podido ver a través de imágenes, que su primera impresión fue la de estar en un pueblito blanco andaluz, aunque bastante más extenso en tamaño.

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Cada rincón muestra cierto encanto

Sucre, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991, fue fundada en 1538 bajo el nombre de Ciudad de la Plata de la Nueva Toledo por Pedro de Anzures, Marqués de Campo Redondo, por órdenes de Francisco Pizarro. En ese lugar habitaban entonces indígenas denominados Charcas, los cuales no opusieron resistencia a los colonizadores españoles. Estos fueron colonizados por los guerreros del Tawantinsuyo (territorio de los incas) a mediados del siglo XIV, motivo por el cual hablan la lengua quechua, si bien étnicamente no existió mestizaje con los incaicos. Varios siglos después se convirtió la ciudad en la cuna de la independencia de Bolivia.

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Café Mirador, en la Recoleta

De hecho, la revolución de Chuquisaca, como se denominó a Sucre originariamente, es conocida como el primer grito libertario de América. Sin embargo, he leído que existe controversia respecto a esta consideración por parte de quienes la consideran una revuelta monárquica dado que ese primer levantamiento se produjo en apoyo a Fernando VII. Ya antes, entre 1779 y 1781 hubo levantamientos indígenas encabezados por Tomás Katarí, Túpac Amaru II y Túpac Katari.  

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Casa de la Libertad, donde se firmó el acta de fundación de la república

En cualquier caso, esta ciudad tiene un gran peso histórico y político y ello se refleja en sus museos y monumentos, como es el caso de la Casa de la Libertad, donde en 1825 se firmó el acta de fundación de la República de Bolivia, cuyo nombre se le dio en honor de Simón Bolivar, que le otorgó la primera Constitución. En 1839, tras convertirse en la capital del país, fue rebautizada en honor del héroe revolucionario Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre.

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Callecitas tranquilas en pleno centro urbano

En esta hermosa ciudad Sandra, Anya y Sabina se quedaron cuatro días pudiendo disfrutar de sus hermosas calles, dignas de una ciudad colonial, dibujadas en torno a plazoletas, jardines y parques que le confieren un toque muy personal. Dicen que es una de las ciudades con arquitectura hispánica mejor conservada de América.

He podido asomarme a través de las imágenes que me mostraba mi hija a vías empedradas, fuentes de granito, iglesias antiguas y casas de un blanco reluciente con sus tejas de barro cocido de color rojo y sus miradores de madera.

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Cancelas de hierro y puertas de madera

En Sucre, como ya dije anteriormente Sandra se quedó en un hostal que le había recomendado un amigo que había conocido en Valparaiso (Chile). De hecho coincidieron en dicho establecimiento donde, además de estar bien y ser muy barato, consiguieron una oferta de cuatro días al precio de tres. Mi hija me comentaba a medida en que se iba adentrando en Bolivia la gran diferencia del coste de la vida entre este país y los dos anteriores que había visitado hasta el momento, Chile y Argentina.

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Sucre y Bolivia, tierra indígena

36 lenguas indígenas

Bolivia se ha convertido en el país con mayor número de lenguas oficiales. De hecho, desde 2009 la Constitución de este país reconoce la existencia de 36 lenguas indígenas, entre ellas el quechua (lo habla el 28% de los bolivianos), el aimara (18%) y el guaraní (1%) además del español (84%). Casi el 60% de los bolivianos son indígenas en un país de más de once millones de habitantes. Sin embargo, durante años, sus lenguas fueron discriminadas. Precisamente para este Año Internacional de las Lenguas Indígenas, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Gobierno boliviano tiene previsto promover diversas actividades con el fin de conservar, revitalizar y fomentar dichas lenguas. Toda esa riqueza lingüística sé que representa un enorme atractivo para mi hija.

Sin duda, otra de las cosas impactantes de Bolivia es su rica artesanía, destacando los hermosos y coloridos textiles, resultado de una tradición tan antigua como la propia cultura de este país. Lana de llama, alpaca u oveja son los materiales naturales utilizados, si bien actualmente se suelen mezclar con el acrílico. Pero el trabajo artesanal abarca mucho más: hamacas, cestos, sombreros, alpargatas, objetos de barro y de madera…

Y todo esto está presente también en Sucre (Chuqichaka, en quechua; Sukri, en aimara y Sucre, en guaraní). Una ciudad alegre, llena de vida y de actividad cultural, claro ejemplo de la diversidad de sus culturas. Una ciudad con mucho encanto pero que hay que dejar atrás. Sandra aún tenía muchos kilómetros por delante. De momento, tenía que coger otro autobús que la llevaría hasta La Paz, a casi 700 kilómetros de distancia de Sucre.

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Barrio de la Recoleta

Solamente pensando en las horas de autobús que llevaba ya en el cuerpo, y las que le quedaban aún, me sentía algo cansada, como si yo misma hubiera ido sentada o tumbada en tantos autobuses. Pero, en fin, al mismo tiempo yo me repetía que la experiencia sería inolvidable, tanto en los buenos como en los momentos menos buenos. Nuevas ciudades, nuevos paisajes, otras gentes y otras formas de vivir.

Si Sucre es la capital constitucional del país y sede del órgano judicial, La Paz es la capital política y sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo desde que en 1899 la administración pública se trasladara a esta última. Esta ciudad, enclavada en un valle de la cordillera de los Andes, merece otro punto y aparte.

Fotos: Sandra Romero

 

 

Bailando sobre sal y jugando entre trenes olvidados en Uyuni

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Atardecer en Bolivia

La altura se iba dejando notar a medida que los kilómetros iban acercando a mi hija Sandra a la frontera entre Argentina y Bolivia. De los 2.000 metros sobre el nivel del mar desde donde se asomaban las casas de Purmamarca y los 2.465 de las de Tilcara, pasó en pocas horas a los 3.442 metros de altura en La Quiaca, en pleno altiplano de la puna de Jujuy.

De nuevo, en bus, había reiniciado el viaje por la carretera 9, conocida como la Panamericana. Pronto se iba a despedir de Argentina donde, sin duda, quedaron muchas zonas por explorar, especialmente en el sur, pero bien puede quedar pendiente para una próxima ocasión. Nunca se sabe.

La Quiaca, la ciudad con más de 10.000 habitantes más alta de Argentina, es una ciudad fronteriza, donde diariamente miles de personas, trabajadores de uno y otro país y turistas, van y vienen.

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Por aquí llegó a pasar el París-Dakar

En esta localidad se puede ver un cartel que, a título informativo, señala una distancia de 5.121 kilómetros respecto a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo en la Patagonia argentina. Atravesando un puente, sobre el río la Quiaca, se pasa a Bolivia. Atrás quedaban Humaguaca, Tres Cruces o Abra Pampa. Un recorrido bastante cómodo en los magníficos, según insistía mi hija, autocares argentinos. Poco antes de cruzar la frontera, en lado argentino, hay que descender del autobús y pasar andando hasta el otro lado del puente donde en este caso cambiaron de vehículo. Nada que ver con el anterior. Este sería uno de los numerosos contrastes existentes entre un país y el otro. Y al otro lado, Villazón, dedicada al comercio con Argentina. Tocaba atrasar una hora el reloj.

Aunque el norte de Argentina ya deja entrever otra forma de vida, más austera y más parecida a lo que se iba a encontrar mi hija al otro lado de la frontera, Bolivia abría sus puertas mostrando niveles de vida mucho más pobres. Aquí el origen de la población es quechua, siendo su idioma principal éste, después del español. Los precios mucho más bajos y los hostales bastante más económicos.

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Puesto de venta preparado para el turismo

En Villazón Sandra y sus dos amigas, Sabina y Anya, iban a pasar su primera noche en este país andino. Buscaron un hostal y allí se quedaron. Al día siguiente las tres cogieron un autobús con destino a Uyuni, a unos 300 kilómetros de distancia de la frontera. Su objetivo en esta localidad del departamento de Potosí era servir de base para poder visitar su impresionante salar. Allí llegaron después de más de cuatro horas de carretera, que en algunos tramos más bien parece un sendero de tierra, especialmente desde Tupiza hasta Uyuni. Ruta angosta que serpentea la montaña entre curva y curva.

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Los inmensos cactus se asoman al salar de Uyuni

Recuerdos de un pasado

Uyuni, fundada en 1889, es una localidad bastante pequeña y, observándola, parece que nada tiene que ver con el esplendor que vivió a partir de finales del siglo XIX gracias a su desarrollo minero, ferroviario y comercial. Las políticas privatizadoras del gobierno boliviano en los años noventa y la paralización de la actividad minera y ferroviaria dio paso a épocas de depresión en la zona, lo que conllevó una fuerte emigración. Con los años, una nueva actividad, la turística, ha puesto a esta localidad y a su entorno de nuevo en el mapa. El problema es que, según se quejan muchos locales, ha habido una imponente invasión de empresas foráneas y mucha de la riqueza que se genera con la visita de tantos turistas no revierte en la zona. Su población, principalmente indígena del altiplano, es quechua y aymara.

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Un ricón para recuperar fuerzas durante la visita al salar

Cuando Sandra llegó a Uyuni hacía ya un par de días que algunos síntomas del mal de altura se habían hecho presentes. Cierto malestar ya era inevitable y se trataba de ir aclimatando poco a poco el cuerpo a estas zonas de altitud ya considerable. Aconsejan los locales que para soportar el mal de montaña se debe beber antes de tener sed, comer antes de tener hambre, abrigarse antes de tener frío y descansar antes del agotamiento. Lo que está claro es que esa sensación de agotamiento físico, trastornos digestivos, náuseas, dolor de cabeza o ahogo puede durar algunos días.

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El viento muestra las banderas en pleno desierto de sal

El mayor desierto de sal del mundo

Nada más llegar a Uyuni, a más de 3.600 metros de altitud, buscaron una empresa con la que poder hacer un recorrido por el excepcional salar, ubicado a pocos kilómetros del pueblo.

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En la época seca la sal se cuartea y va formando irregulares formas

Mi hija, desde luego, quedó impresionada del que se considera el mayor desierto de sal continuo del mundo. Es una impresionante alfombra blanca que ocupa 12.000 kilómetros cuadrados a 3.653 metros de altura sobre el nivel del mar. La temperatura en noviembre suele ser suave, aunque algunos días hace bastante calor, si bien por la noche el frío se deja notar. Por sus características especiales, a las gafas de sol, gorra, bronceador y alguna camiseta fresquita, hay que añadir ropa de abrigo sobre todo para vivir la experiencia durante la puesta de sol.

El salar, con su blanco deslumbrante, es un espectáculo en sí mismo. Durante la época húmeda, de enero a marzo, el salar se cubre en gran parte por agua de lluvia.

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Los visitantes pasean sobre la alfombra blanca

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Es habitual ver grupos de 4×4

En la época seca, de mayo a noviembre, el agua se evapora por el efecto del sol y el viento y deja ver ese desierto blanco de sal, con sus formas exagonales creadas al desecarse y fracturarse la capa superficial que se pierde en el horizonte. A veces, los montones de sal apilada se dejan ver enmarcados frente a un escenario sin fin. Los 4X4 van compartiendo espacio y recorriendo, cada uno a su aire, este bellísimo rincón del altiplano boliviano que tantas veces ha sido elegido como plató cinematográfico. Aunque es muy típico, es difícil dejar de hacerse alguna de las fotos más repetidas por los visitantes, tomando imágenes con efectos fotográficos más o menos divertidos.

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Siempre hay momentos para la diversión

El salar de Uyuni es la mayor reserva de litio del mundo. Precisamente, hace unos pocos días, Bolivia y Alemania han firmado un acuerdo para explotar dicha reserva conjuntamente.

Al atardecer, las imágenes son espectaculares.

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Puesta de sol en el salar de Uyuni

Cementerio de los trenes olvidados

Otra de las visitas obligadas, que al menos es curiosa, lleva al viajero hasta el cementerio de los trenes olvidados, a tan solo unos tres kilómetros de Uyuni.

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Las viejas locomotoras sobre la tierra desértica

En pleno desierto yacen inmóviles decenas de locomotoras, vagones y carrocerías oxidadas que un día fueron abandonados por las empresas ferroviarias que operaban en la zona. Hoy son un reflejo del final de una época industrial.

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Los hierros permanecen como huellas de un pasado sin retorno

Los esqueletos esparcidos sobre el terreno árido del altiplano, sus hierros retorcidos, recuerdan que a finales del siglo XIX hubo una línea de ferrocarril que comunicaba Uyuni con Antofagasta, una ciudad que entonces era boliviana pero que actualmente es chilena.

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Mirando el horizonte desde un viejo vagón varado en medio de la nada

Los trenes llegaron a Bolivia en 1889. Sus vagones servían, entonces, para transportar estaño, plata y oro hasta los puertos del Pacífico desde localidades como Potosí. Según he leído, de ahí viene precisamente la expresión esto vale un potosí. De esta ciudad, que surge con la explotación de las minas de plata en 1544, salían asimismo caravanas con la plata acuñada en la gran Casa de la Moneda con destino al virreinato de Perú y hacia el río de la Plata.

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Las viejas locomotoras siguen ocupando su espacio en raíles que no llevan a ninguna parte

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Esto es lo que queda de lo que un día fue un importante apeadero

Pero la gran industria minera se desplomó en 1940 y los trenes fueron abandonados. Tras perder la guerra del Pacífico frente a Chile y por tanto su único trozo de tierra que el país andino tenía en la costa, las máquinas quedaron allí varadas y ya no volvieron a despedir humo. Los raíles quedaron inservibles. Ahora, esta estación fantasma se ha convertido en un museo al aire libre donde los visitantes, la mayoría de ellos mochileros, se suben al tren para hacerse fotos y llevarse el recuerdo de esas viejas carcasas que un día transportaron viajeros y mercancías. Hoy, este apeadero sin destino y en medio de la nada sirve para rememorar aquella línea de tren que, incluso, llegaba hasta La Paz y que hoy no lleva a ninguna parte.

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Una locomotora, que su día pudo transportar oro y plata y que ahora permanece varada

Pero Sandra continuará su travesía por el altiplano boliviano y ya se prepara para volver a subir a un autobús que la trasladará hasta la ciudad de Sucre, la capital constitucional del país.

Fotos de Sandra Romero

Purmamarca, donde los cerros se convierten en arcoíris

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El color se abre paso entre la aridez del paisaje

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Las calles se van elevando para poder quedar enlazadas con la montaña

A escasos kilómetros de la localidad argentina de Tilcara se encuentra el encantador pueblo de Purmamarca. Sus pequeñas casas de adobe levantadas alrededor de su plaza, que es su centro neurálgico, dibujan la identidad de un pueblo indígena y colonial. A poco más de 2.000 metros de altitud sus callecitas con suelo de tierra se recorren enseguida pero, al mismo tiempo, se requiere paso tranquilo para dejarse llevar por el ambiente local. Mi hija Sandra y sus amigas no quisieron perderse la belleza de este rincón cuyo nombre significa en lengua aimara pueblo de la tierra virgen y en quechua pueblo del puma.

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Purmamarca, un pequeño pueblo a 2.000 metros de altura

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Los colores de la artesanía local en el centro neurálgico de la población

A pesar de la idiosincrasia de sus vecinos, acostumbrados a la calma y tranquilidad y a ver pasar las horas sin prisas, así como a disfrutar de lo que la Pachamama les ofrece, al mismo tiempo aprovechan la llegada de los turistas que en grupo descienden de los colectivos para mostrarles sus trabajos artesanales. Es en esta plaza donde se alza la iglesia de Santa Rosa, donde los tejidos de hilo y lana de alpaca o llama, jerséis, faldas o alfombras, la cerámica o los instrumentos de música se exponen en los coloridos tenderetes y puestos de su tradicional mercado.

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Dos fotografías del mercado local artesano

Todos estos objetos que tanto nos llaman la atención son el fruto de horas y horas de trabajo ejecutado con la mano y la mente llenas de sabiduría. Algunos, incluso, llegados desde la cercana Bolivia. Y cómo perderse sus platos típicos a base de carne de llama, o sus empanadas criollas o su mate.

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Las calles enmarcan pequeñas construcciones

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Los cerros muestran la amplia gama de colores

Paseo de los Colorados

Si encantadoras son las calles con casas de adobe y huertas de este pueblito de la provincia norteña de Jujuy, tal y como lo sintió y me explicó mi hija Sandra, aún lo es más por la grandiosidad y la belleza natural de un paisaje que aporta un entorno cincelado por las montañas que lo acogen. A escasa distancia de las últimas edificaciones de adobe y tras subir una cuesta que enlaza al visitante con el Paseo de los Colorados, el caminante se da de bruces con las cercanas laderas que, talladas por el viento, muestran un arcoíris de colores.

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Casas de adobe

Este sendero de unos tres kilómetros que bordea el pequeño pueblo muestra a sus espaldas el hermoso Cerro de los 7 Colores, uno de tantos que bordea la Quebrada de Purmamarca. El cerro recibe su nombre dada la peculiar gama de colores que se reflejan, especialmente, con los primeros rayos del sol. Sus tonos, que varían desde el naranja al violeta pasando por ocres y terracotas, deslumbran a quien tiene el privilegio de acercarse a esta zona tranquila y acogedora.

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Detalle del Paseo de los Colorados

Dice la leyenda que fueron los niños del pueblo quienes con pinturas decidieron un día dar colorido a los cerros de su entorno, que consideraban aburridos. Sin embargo, ese abanico de colores que muestran sus vetas en zigzag se debe a la gran variedad de pigmentos adquiridos por los miles de minerales que forman las capas sedimentarias. Sus distintas capas de colores son el resultado de sedimentos marinos, lacustres y fluviales que desde hace millones de años se fueron depositando en la zona y que luego, por movimientos tectónicos, adquirieron la ubicación actual. Dicen que este es uno de los lugares naturales más bellos de Argentina. Desde luego, según Sandra, mereció la pena acercarse a esta encantadora localidad de casitas de adobe enmarcada en colores donde la tierra, la montaña, el desierto y los cactus conforman un magnífico escenario natural de gran belleza.

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Cerro de los 7 Colores

Gentes de su tierra

A medida que iban pasando los días y acumulando kilómetros mi hija, yo iba poco a poco adaptándome a esa lejanía. Necesitaba, eso sí, tener un contacto más o menos continuo con la viajera y saber de sus pasos, pero a la vez comprendía que ese viaje, y los que luego vendrían, iban a aportarle conocimiento, experiencia y una visión más abierta del mundo y sus gentes. Gentes como las de Purmamarca, con raíces en asentamientos prehispánicos pero con influencias también de sus posteriores pobladores.

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El entorno de Purmamarca es de una gran belleza

Construida en 1648, Purmamarca aún conserva edificaciones del siglo XVII. Sus tradiciones están muy arraigadas, destacando la misa-chico, el culto a la Pachamama, la Madre Tierra o a los difuntos. Así, uno de los puntos de visita obligados, es su colorido cementerio donde se pueden apreciar las originales construcciones que honran a sus difuntos. Está junto al Paseo de los Colorados.

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Cementerio de la localidad

Decir adiós a Purmamarca es hacerlo con cierta nostalgia, pero toca volver a Tilcara para permanecer aún dos días más y aprovechar al máximo la hospitalidad de esta tierra dura pero bella. Después hay que seguir camino hacia el norte en dirección al próximo destino, Bolivia.

Fotos de Sandra Romero